La segunda felicidad se trabaja, se fabrica, se forja. Recuerdo que cuando era niño estaba de moda un modelo de tenis marca “Reebok”. Era mi favorito, pero el poder comprar un par requería un sacrificio enorme en mi familia, pues éramos 5 hermanos, todos menores de edad y mi madre era viuda. Realmente esa compra era una hazaña para ella, pero en un par de ocasiones lo hizo y para mi fue como sacarme la lotería. No quería salir al recreo a jugar ya que podían ensuciarse, o lo peor, rasparse, eso si podía ser una tragedia.
En aquel momento ese par de tenis eran mi felicidad, aunque a los dos o tres meses ya se estuvieran rompiendo y perdieran su valor original. Pero un día desperté en mi cama y ya no era un niño, crecí y me di cuenta que la vida realmente sabe golpear, aprendí que las cosas cuestan y hay que ganárselas. Aquellas ilusiones por tener zapatos nuevos perdieron súbitamente su magia. En pocas palabras, cuando creces y dejas de ser niño, el marketing pierden su efectividad y finalmente esas felicidades originales e inocentes, sin quitarles su importancia, se desvanecen.
En aquellas ocasiones yo gritaba de alegría al ver a mi madre comprarme ese par de zapatos, pero lo que yo no entendía es que, detrás de esa algarabía mía, había una felicidad diferente, una felicidad segunda, una felicidad de plenitud y más duradera, esa que solo una madre tiene cuando sabe que lo da todo por ver a su hijo feliz con un par de zapatos.
Así que la próxima vez que veas a tus padres recuerda que detrás de tus alegrías de niño también hubo sacrificios, esfuerzo, trabajo… y un día tus padres tomaron el camino menos cómodo, el menos egoísta, el que no espera nada a cambio y lo da todo, ese que va en contra del individualismo actual y apuesta por la familia. Y es que cuando tienes a un hijo en tus brazos por fin entiendes que la vida no se trata de ti, sino de los demás; allí es cuando estás listo para entender que la felicidad no se trata de momentos o emociones pasajeras, sino de algo que trabajaste y forjaste, algo que perdura y se queda grabado en el corazón. Porque siempre serás más feliz al dar que al recibir… y esa… es la segunda felicidad.

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